Cada 4 de agosto, miles de personas bajan bailando por Agaete agitando ramas de pino y laurel. La versión que casi todo el mundo repite es que se trata de un rito aborigen de petición de lluvia, convertido con el tiempo en ofrenda cristiana. Es una historia bonita. El problema es que casi ningún documento la respalda.
Lo que dicen los documentos
La propia ficha oficial de Patrimonio Histórico del Cabildo de Gran Canaria —la fuente institucional más seria disponible— no menciona en ningún momento el origen aborigen. Sitúa las primeras referencias escritas de la fiesta en la segunda mitad del siglo XIX, no en época prehispánica. Historiadores locales que estudiaron el folclore canario a mediados del siglo XX, como Sebastián Jiménez Sánchez, tampoco vincularon nunca la fiesta con rituales guanches.
Cómo nació el mito moderno
Una investigación de historiadores locales sitúa el origen de la narrativa aborigen en un momento muy concreto: 1979, cuando el artista agaetense Pepe Dámaso filmó una escena para su película «Réquiem para un absurdo» mostrando a jóvenes golpeando el mar con ramas, con una voz en off que vinculaba el gesto a un rito prehispánico de petición de lluvia. La imagen se consolidó en los años 80 a través de apariciones televisivas — en un contexto, además, de reivindicación identitaria canaria tras la llegada de la democracia. Antes de esa fecha, ningún testimonio ni archivo documentado mencionaba esa conexión.
La otra teoría, en la misma revista
La disputa no es solo entre turismo y academia: existe dentro de la propia investigación local. En 2006, el historiador Elfidio Alonso Quintero defendió una posible conexión con ritos aborígenes de petición de lluvia, apoyándose en crónicas de la conquista que hablan de mujeres aborígenes bailando en las montañas para invocar la lluvia. Un año antes, en la misma revista, otro investigador había publicado el artículo contrario, con un título que no deja lugar a dudas: «La Rama que nada tiene que ver con la agüita» — basado en archivos parroquiales y municipales sin ninguna mención al rito aborigen antes de los años 60.
Lo que sí es indiscutible
Al margen de su origen, la fiesta tiene un reconocimiento oficial sólido y bien fechado: Fiesta de Interés Turístico Nacional desde 1972, y Bien de Interés Cultural desde 2018, en la categoría de «Actividad de Interés Etnológico». El propio decreto que la declara BIC la describe como una fusión de «referencias paganas —las propias ramas— con la devoción religiosa» a la Virgen de las Nieves, sin datarla en época prehispánica. Y hoy convoca a decenas de miles de personas, con un Museo de La Rama abierto desde 2010 —el primero de Canarias dedicado por completo a una sola fiesta— que trata explícitamente el origen aborigen como «mito», no como hecho cerrado.
No es la única Rama de Gran Canaria
Según el propio expediente oficial de declaración de Bien de Interés Cultural de Guía, la Rama de las Marías de ese municipio se originó hacia 1811 como voto de agricultores contra una plaga de langosta — y el propio documento la señala como «la primera de Gran Canaria», de la que otras Ramas municipales, incluida la de Agaete, derivarían después por imitación. Gáldar, Tejeda y el Valle de Agaete tienen también su propia bajada de ramas, cada una con su fecha y su santo.
Por qué importa contarlo así
No se trata de desmontar la fiesta — es real, multitudinaria y querida, con reconocimiento oficial de sobra. Se trata de contar su historia con la misma honestidad con la que se cuenta cualquier otra: separando lo que está documentado de lo que se ha repetido tantas veces que empezó a sonar a hecho. La Rama de Agaete no necesita un origen de mil años para ser una de las tradiciones más vivas de Canarias — le basta con ser, desde hace siglo y medio largo, exactamente lo que es.